Almudena llegaba por la mañana
Mis cumpleaños comenzaban antes de que yo abriera los ojos.
No lo sabía entonces.
Para mí, un cumpleaños empezaba simplemente al despertar. Pero hubo durante muchos años alguien que se levantaba antes, preparaba sus cosas, acomodaba panes y bizcochos recién hechos y cruzaba unos pocos metros para conseguir que aquella mañana fuera diferente.
Se llamaba Almudena, era nuestra vecina.
Aunque decir solamente que era nuestra vecina nunca me ha parecido suficiente.
Yo la quería con ese amor tranquilo y confiado con que una niña quiere a una abuela.
Cada cumpleaños ocurría algo que entonces me parecía natural.
Mi padre le abría la puerta, Almudena entraba.
No necesitaba quedarse en la entrada ni esperar que fueran a buscarme. Aquella era también un poco su casa, como la suya era un poco nuestra.
Caminaba hasta donde yo dormía y allí comenzaba uno de los recuerdos más hermosos que conservo de mi infancia.
Yo abría los ojos y Almudena estaba a mi lado.
Sonriendo, esa es la imagen que quedó. Despertarse con el sonido de su voz, como si el mundo amaneciera en paz.
No recuerdo qué ropa llevaba cada año. No recuerdo qué palabras exactas decía. Tampoco podría asegurar cuántos panes o cuántos bizcochos había en aquella bandeja.
Pero recuerdo su cara, recuerdo su alegría.
Y recuerdo la sensación de despertar el día de mi cumpleaños y descubrir que alguien estaba tan feliz de que yo existiera que había venido temprano solamente para decírmelo.
¡Feliz cumpleaños!
Después venían aquellos panes y bizcochos deliciosos.
Recién hechos, con ese aroma que tiene el pan cuando todavía guarda el calor de las manos que lo prepararon.
Pero Almudena tampoco se olvidaba del resto, nunca llevaba solamente para mí, había para todos.
Y a mí me correspondía una tarea que asumía con enorme seriedad: repartir.
Quizá por ser la cumpleañera, aquella mañana me convertía en la encargada de llevar a cada uno su parte.
Y así, sin saberlo, Almudena conseguía algo precioso, su regalo empezaba en mis manos y terminaba repartido por toda la casa.
Pasaron muchos cumpleaños así, uno detrás de otro.
Mientras viví con mis padres, Almudena no faltó.
Seguramente hubo años difíciles. Días de cansancio. Inviernos fríos. Problemas que los niños desconocemos porque los adultos procuran dejarlos del otro lado de nuestras pequeñas vidas. Pero llegó, cada año llegó.
Hoy podría decir que recuerdo aquellos cumpleaños por sus panes.
Sería verdad.
Todavía puedo imaginar su aroma y recordar cuánto me gustaban.
Pero sería una verdad muy pequeña.
Porque después de tantos años comprendí que Almudena me regalaba algo que no podía comerse.
Me regalaba presencia. Había decidido que, una vez al año, una niña debía abrir los ojos y encontrar frente a ella una cara sonriente celebrando que había llegado al mundo.
Y cumplió aquella pequeña promesa año tras año, aunque probablemente jamás la hubiera llamado promesa.Tal vez para ella fuera solamente una costumbre.
Para mí terminó convirtiéndose en una parte de mi infancia.
Con los años aprendemos algo extraño.
Cuando somos niños creemos que recordaremos los grandes acontecimientos, después crecemos y descubrimos que la memoria eligió otras cosas.
Una voz, un perfume, una canción que sonaba en la radio de un vecino.
Las manos de nuestra madre.
Los pasos de nuestro padre.
Una comida, una sombra debajo de un árbol.
Alguien que nos esperaba.
Y, a veces, una mujer llamada Almudena junto a nuestra cama con una bandeja entre las manos.
Los panes se terminaron, los bizcochos también.
Aquella niña creció, la casa cambió, el tiempo hizo lo que siempre hace: siguió caminando.
Pero hay una mañana que parece haberse negado a desaparecer.
Todavía puedo cerrar los ojos y volver a abrirlos, y allí está Almudena.
Con su cara feliz, esperando que yo despierte.
Tal vez por eso hoy sé que muchas de las personas que hicieron de nosotros quienes somos jamás se sentaron a enseñarnos grandes lecciones.
Simplemente estuvieron, nos dieron un plato, nos esperaron, nos cuidaron, nos hicieron un lugar en su mesa.
Recordaron una fecha importante.
O consiguieron que alguna mañana común se transformara en un recuerdo para toda la vida.
Quizá quien esté leyendo estas palabras también tuvo una Almudena.
Tal vez se llamaba de otra manera.
Quizá fue una abuela, un vecino, una tía, un maestro, un hermano mayor o alguien que ninguna fotografía familiar podría explicar del todo.
Si al leer esto apareció de pronto una cara en tu memoria, no la apartes.
Quédate allí un momento. Recuerda su voz. Sus manos.
Aquello tan pequeño que hacía por ti y que entonces parecía cotidiano.
Porque algunas personas pasan por nuestra vida sin imaginar que están construyendo dentro de nosotros un lugar al que podremos regresar cuando necesitemos refugio.
Almudena construyó uno en mí, y muchos años después comprendí cuál había sido realmente su regalo de cumpleaños.
No eran los panes, no eran los bizcochos. No era el desayuno.
Era abrir los ojos y saber que alguien se alegraba profundamente de que yo estuviera en el mundo.
Hay regalos que duran una mañana.
Y hay amores sencillos que alcanzan para toda una vida.
Eúa Raíz