Cuando canta el gallo
Entre rocío y primeros rayos de sol, el gallo anuncia un nuevo día.
Cuando la noche aún guarda entre sus sombras los últimos sueños, y el rocío duerme sobre los pastos como pequeñas estrellas caídas, el gallo despierta.
Se sacude el frío de las plumas, mira el horizonte apenas teñido de azul, y entonces canta.
No canta por costumbre.
Canta porque sabe que el sol viene en camino.
Canta para avisarle al mundo que la vida vuelve a empezar.
Su voz atraviesa los corrales,
las huertas silenciosas,
los caminos de tierra aún vacíos.
Entra por las ventanas entreabiertas y acaricia el sueño de quienes descansan.
La abuela enciende el fuego lentamente.
El panadero prepara la harina tibia.
Un niño se estira entre las mantas,
escuchando ese canto que desde siempre parece decir:
“Despierten… el día los espera.”
Las gallinas revolotean inquietas,
los perros levantan las orejas,
las vacas se mueven despacio hacia los campos húmedos,
y hasta los árboles parecen despertar un poco más verdes
cuando el gallo anuncia la mañana.
En cada amanecer,
él se convierte en el pequeño guardián del tiempo,
el humilde mensajero de la luz.
Nunca pide aplausos,
ni sabe de relojes,
pero su canto ordena la vida sencilla de la comunidad
como una antigua campana del campo.
Y mientras el cielo se pinta de oro, naranja y rosa,
su voz vuelve a escucharse una vez más,
fuerte y orgullosa,
como si alabara la belleza de estar vivos.
Porque en el corazón de los pueblos tranquilos,
el canto del gallo no es solo un sonido:
es esperanza,
es hogar,
es el abrazo invisible que cada amanecer le da a la tierra.
Eúa Raíz