El espectáculo de las golondrinas

Como cada verano, ellas llegaban.

Publicado el 12/02/2026

El espectáculo de las golondrinas

Nosotros, como si obedeciéramos a un llamado antiguo, nunca faltábamos a su espectáculo en la costa del río al atardecer. Era, verdaderamente, un show. Una escena digna de cualquier artista que quisiera atraparla para siempre en un lienzo: la luz dorada, el agua encendida por el sol que cae, y el aire lleno de alas veloces. La naturaleza desplegando su belleza sin cobrar entrada.

A la misma hora, cada día, nos reuníamos: familias enteras, vecinos, amigos, primos, tíos, abuelos. Nadie quería perderse el arte del vuelo de las golondrinas. Eran tantas que el cielo parecía moverse. Planeaban bajo, rozaban el agua para beber en pleno vuelo, cazaban insectos con una precisión admirable. Y nosotros sabíamos —con esa gratitud que nace de lo simple— que en cada jornada podían consumir hasta 850 insectos, entre mosquitos y moscas, limpiando el aire mientras danzaban.

Su trinar era suave y constante. Escucharlo significaba buenos tiempos: descanso, risas, noches tibias. La temporada traía una felicidad distinta, una calma que nos ablandaba el carácter. Niños y adultos parecíamos respirar mejor.

Para los niños, especialmente, su llegada era un buen augurio. Si el año escolar había sido largo, las golondrinas anunciaban el descanso merecido. Con ellas llegaban las fiestas, las reuniones familiares, los juegos interminables y las caminatas por la costa cuando bajaba la marea. Levantábamos piedras para descubrir cangrejos, recorríamos los arenales, comíamos frutas de otoño a verano que abundaban en cada casa: higueras, naranjos, nísperos. También estaban las moras silvestres, las granadas, y aquella nuez que llamábamos de Brasil. Trepábamos a los árboles y desde allí mirábamos el paisaje como si fuera nuestro reino. Pasábamos horas así, jugando. Todo era placer.

Estaban también los paseos en bote, en aquellas canoas de madera con dos remos y motor. Navegábamos sin saber que, en alguno de nosotros, comenzaba a nacer el amor por la fotografía, por la observación de aves y de la fauna de nuestro hogar. Ese lugar donde crecimos y que, como las propias golondrinas, muchos dejarían algún día, migrando por necesidad hacia una vida mejor.

Las bandadas eran tan grandes que hoy cuesta imaginarlo. Ya no paso mis veranos allí; no sé si regresan como antes. Las veo, sí, pero en grupos más pequeños, volando alto, girando con las corrientes como lo hacen las gaviotas. Sin embargo, conservo intactas aquellas imágenes. En la escuela, cuando nos pedían dibujar, mi hoja se llenaba siempre de pájaros en vuelo.

Esas pequeñas viajeras recorren distancias inmensas. Durante la temporada de cría, la pareja puede realizar cientos de viajes diarios al nido para alimentar a sus pichones, aumentando notablemente la eliminación de insectos. Trabajan sin descanso. Observarlas es comprender la dedicación silenciosa de la naturaleza.

Y cuando los polluelos aprenden a volar, comienza la despedida. Algunos grupos parten en marzo, otros en abril. El cielo se vacía poco a poco, y nos quedamos esperando el próximo agosto, cuando empiezan a regresar.

Por eso, si alguna vez una de ellas decide anidar en tu casa, en un rincón discreto, déjala hacer lo suyo. No la interrumpas, no la toques, no la ahuyentes. Solo observa.

Ellas vienen, cumplen su ciclo y parten.

Y nosotros, cada año, volvemos a esperarlas.

Eúa Raíz

Artículos Destacados