El círculo de los caballos
La inolvidable historia real de una familia rodeada por una manada en el campo y la valiosa lección de respeto que la naturaleza les regaló.
Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen quietos en algún rincón de la memoria y, cuando vuelven, lo hacen con el mismo perfume del campo, con el mismo canto de los pájaros y con el mismo latido de aquel corazón de niño que alguna vez fuimos.
Cuando era pequeña, un día de vacaciones, mi padre anunció que saldríamos al campo. La propuesta sonó como la mejor aventura del mundo. Íbamos a recorrer montes, cañadas y potreros, y si alguna liebre se cruzaba en el camino, intentaríamos cazarla, una costumbre muy común en aquellos tiempos rurales.
A esa edad uno no piensa demasiado. Solo siente la emoción de caminar donde casi nadie camina.
El campo era inmenso. El viento movía los pastos como si fueran olas verdes. Había tréboles, berros creciendo junto al agua, flores silvestres que pintaban los rincones y, donde el verano apretaba con fuerza, la tierra adquiría ese color amarillento que solo conocen quienes han visto el sol abrazar los campos durante meses.
En el recorrido aparecían los viejos molinos de viento, siempre acompañados por sus enormes tanques australianos. Eran pequeños oasis. Allí bebían agua los paisanos después de una larga jornada, pero también llegaban teros, calandrias, chimangos, horneros, liebres y muchos otros animales que compartían aquel refugio silencioso.
Nuestro guía era don Souza.
Conocía el campo como quien conoce las habitaciones de su propia casa. Mientras caminábamos, nos iba contando historias de animales, de crecientes, de largas jornadas de trabajo y de personajes que parecían salidos de una novela.
Algunas anécdotas seguramente eran ciertas.
Otras, quizás, habían crecido un poco con los años.
Nos contó, por ejemplo, que una vez, junto con mis tíos, tuvo que treparse a un árbol porque una piara de jabalíes los había corrido durante una cacería. Nunca supimos exactamente cuánto había de verdad y cuánto de exageración, pero escucharlo era un espectáculo.
Entre cuento y cuento seguimos caminando.
El alambrado nos acompañaba desde hacía varios minutos cuando ocurrió algo que ninguno esperaba.
Primero apareció un caballo.
Después otro.
Y otro más.
En pocos segundos comenzaron a acercarse desde distintos lugares del potrero.
Sin correr.
Sin relinchar.
Simplemente caminaban hacia nosotros.
Hasta que, casi sin darnos cuenta, formaron un círculo perfecto.
Nos habían rodeado.
Éramos nosotros en el centro... y ellos observándonos en completo silencio.
Recuerdo el miedo como si hubiera sido ayer.
Los caballos eran grandes, fuertes, musculosos y extraordinariamente hermosos. Su pelaje brillaba bajo el sol y sus crines se movían con el viento. Uno de ellos parecía dirigir al grupo. Bastaba con que avanzara un paso para que los demás hicieran exactamente lo mismo.
Mi padre intentó espantarlos.
Les gritó.
Les hizo señas.
Nada.
No retrocedían un solo metro.
Los niños estábamos al borde del llanto.
Don Souza, en cambio, permanecía sorprendentemente tranquilo.
Los conocía.
Sabía que los caballos son animales sociales. Desde tiempos muy antiguos viven organizados en manadas, donde un líder vigila constantemente cualquier movimiento extraño. Son curiosos, inteligentes y poseen un extraordinario instinto de protección. Si algo invade su territorio o altera al grupo, pueden acercarse para investigar o incluso intentar expulsar al intruso.
Y aquel día, los intrusos éramos nosotros.
De pronto, don Souza miró el suelo.
Allí había una vieja bosta seca de vaca, endurecida por el sol hasta parecer un disco.
La levantó con absoluta naturalidad.
La sostuvo un segundo.
Y con una puntería digna de un campeonato de lanzamiento, la hizo volar como si fuera un frisbee.
¡Plaf!
Le pegó justo en la trompa al caballo que comandaba la manada.
El animal lanzó un fuerte resoplido mezclado con un relincho de sorpresa, dio media vuelta y salió al trote.
Como obedeciendo una orden invisible, todos los demás hicieron exactamente lo mismo.
En cuestión de segundos desaparecieron.
Nos quedamos inmóviles unos instantes.
Después nos miramos unos a otros... y salimos caminando bastante más rápido de lo que habíamos llegado.
Con los años, aquella escena dejó de darme miedo.
Ahora me hace reír.
No tanto por el susto, sino por imaginar la cara de don Souza levantando aquel improvisado "disco volador" de campo y acertando un lanzamiento que seguramente todavía recordarían aquellos caballos.
Nunca aprendí a montar.
No porque no me gusten.
Al contrario.
Los admiro profundamente.
Con el tiempo comprendí que un caballo no es una máquina ni un simple medio de transporte. Es un ser vivo con memoria, emociones y una enorme sensibilidad. Los expertos dicen que reconocen la voz de las personas, perciben nuestro estado de ánimo y necesitan construir confianza antes de aceptar nuestra compañía.
Quizás por eso prefiero observarlos desde la ruta, libres en los potreros, moviéndose con esa elegancia que pocos animales poseen.
Los caballos han acompañado a la humanidad desde hace más de cinco mil años. Gracias a ellos se exploraron continentes, se cultivaron campos, se transportaron familias, se construyeron pueblos y sobrevivieron generaciones enteras de trabajadores rurales. Han servido en tareas agrícolas, en rescates, en la policía montada, en deportes, en terapias asistidas y en innumerables labores donde su fuerza y nobleza siguen siendo irremplazables.
Han estado junto al ser humano desde el comienzo de muchas de nuestras historias.
Y, sin embargo, nunca dejaron de ser animales que merecen respeto.
Aquella tarde no solo aprendimos los niños;
También aprendió mi padre, que había pasado buena parte de su vida recorriendo campos y tratando con animales. Comprendimos que el respeto nunca sobra cuando se entra en el territorio de otro ser vivo. Los caballos podían habernos lastimado y no lo hicieron. Nosotros tuvimos la fortuna de salir ilesos. Cada uno siguió su camino llevando consigo una enseñanza silenciosa.
Desde entonces, cada vez que veo una manada correr libre en el campo, no recuerdo el miedo. Recuerdo la inmensa responsabilidad que tenemos cuando entramos en el mundo de los animales. Nosotros somos quienes elegimos visitarlo; ellos simplemente viven allí.
Quizás esa sea la lección más importante que nos regalaron aquel día: la fuerza no siempre se usa para atacar. A veces, la verdadera nobleza consiste precisamente en elegir no hacerlo.
Eúa Raíz